El plan había funcionado dos veces seguidas en sendos supermercados de la misma cadena, uno en el barrio de Huelin, en la capital malagueña, y otro en Torremolinos.
Madre e hijo llegaban a la caja del establecimiento con una generosa compra que embolsaban casi con la rapidez con la que la cajera pasaba los productos por el lector de códigos de barras.
Cuando se acercaba el momento de pagar, la clienta pedía permiso a la trabajadora para que su hijo fuera trasladando los bultos al coche en el que su marido les esperaba en la calle.
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